Ocho notas del confinamiento

Ilustración:Cath Zúñiga

Por Diajanida Hernández /// Ilustración /// Cath Zúñiga

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Salgo al patio de la casa a tomar sol. Una de las “costumbres” ganadas en estos días de estar en casa, a falta de mar. Me tuesto mientras veo el cielo azul, las palmas del jardín, las bromelias, los árboles de aguacate, la montaña que está justo al frente. Todo está envuelto en ese silencio inesperado de estos días que convierte en ruido el canto de los pájaros. Es un silencio sin voces, sin motores de autos o motos, sin música, sin juegos infantiles. Un silencio que revela otros ruidos. Abro la libreta para tomar notas. Me sorprendo al apuntar el número de días en confinamiento.

La pandemia y el confinamiento nos alcanzaron de pronto. De un día para otro, reportaron los primeros casos y nos enviaron a casa. La cotidianidad fue cortada y alterada de golpe. Sin aviso previo. Fue el sábado 14 de marzo.

Desde el primer lunes de confinamiento, Ed y yo adoptamos una rutina diaria. Se dio de forma tácita, orgánica, sin necesidad de sentarnos a establecer acuerdos. Levantarse temprano, hacer ejercicios, vestirse, trabajar, estudiar, leer, escribir, tareas domésticas y momentos de ocio. De lunes a viernes seguimos el esquema, los fines de semana son un dibujo libre. Instauramos rápidamente otra cotidianidad. Mantenemos un orden y el espacio temporal. Contenemos la pérdida de la noción del tiempo. Aunque los días en casa no se parezcan, sin reuniones, sin citas, sin clases, sin la natación mi relación con el tiempo se trastocó. Hoy siento lejos el último día que fui a la oficina, que estuve en la universidad dando clases o que di brazadas en la piscina.

Ahora se mezcla la sensación de lejanía de aquél último viernes “normal” y la de que estos días en casa han pasado rápido. No he sentido agobio o ansiedad por el encierro. Podría decir que ha sido un periodo de apacible recogimiento en casa. ¿Podría?

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Cumplo el confinamiento en la capital de un país petrolero que atraviesa una emergencia humanitaria compleja. Hay escasez de agua, de gas, de gasolina. El servicio de Internet es de los más lentos del mundo (cuando hay) y el de energía eléctrica falla constantemente. El sistema de salud y productivo está en ruinas. La economía se mueve por las dinámicas perversas de la hiperinflación y por una dolarización de facto, a pesar de que hace 17 años está establecido un control de cambio.

Con el paso de los días, hemos visto que el decreto temprano de cuarentena no fue para ganarle terreno al virus y prepararnos para enfrentar el pico de la epidemia; fue una treta para intentar ¿disimular? ¿manejar? la paralización del país por falta de combustible.

La idea de la cuarentena se ha ido desdibujando con el transcurso de los días. La mayoría de la población venezolana vive al día, quedarse en casa es un lujo que no se puede permitir, hay que salir a buscar comida, a trabajar, a resolver. Las zonas populares de Caracas, sus calles, sus mercados son un hervidero de gente, sin tapabocas, sin distanciamiento social.

Cada vez que salgo a comprar comida acumulo escenas de necesidad: grupos de personas con el tapabocas en el cuello rebuscando entre la basura; hombres y mujeres caminando largas distancias porque no hay transporte o no tienen dinero para pagarlo; madres con sus hijos pidiendo dinero o comida; vendedores ambulantes tratando de pescar algún comprador; grupos aglomerados alrededor del camión del gas; un señor mayor empujando una carretilla con el botellón de agua potable amarrado o tres señoras llenando botellones de agua de una toma de un jardín municipal y montándolos en un carro. La crisis, la ruina y el deterioro son difíciles de disimular.

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La rutina en casa está condicionada por unos imponderables conocidos: cortes del servicio de luz, intermitencia en la conexión a Internet, caída de la señal de la telefonía móvil, periodos de días sin servicio de agua. Administramos el agua de los tanques, el gas de las bombonas, la gasolina que tenemos en el tanque del carro. Y agradecemos la suerte. Tenemos y administramos.

Paulatinamente, la ciudad se ha llenado de protestas por falta de agua, luz, gas, internet, combustible. Las cuentas son dolorosas: tres meses sin gas, 35 horas sin luz, dos meses sin agua que salga por el grifo, tres días de espera en una fila para echar 20 litros de combustible. Y así. La pandemia convirtió a Caracas en una ciudad distópica, teatro de escenas de necesidad, de hartazgo, de filas de cientos de carros en las estaciones de gasolina.

En el interior del país todo es peor.

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El apagón que vivimos el año pasado, cuando el sistema eléctrico colapsó y el país se quedó a oscuras durante días, fue una especie de anticipo del futuro inmediato. Durante ese tiempo no tuvimos energía eléctrica, agua, internet, telefonía, no había información, no sabíamos a ciencia cierta qué sucedía. Días en casa, recogidos, aguardando, sobreviviendo. “El apagón fue el teaser, la pandemia es la película”, me escribe un amigo por mensaje de WhatsApp. En Venezuela hemos comprobado de sobra la veracidad de aquél dicho que reza que siempre puede ser peor.

Aquí estamos un año después del apagón: crisis y pandemia.

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El poder en su soledad y abyección habla sobre la guerra al virus, guerra al bloqueo, guerra al vecino, guerra a cuanto fantasma se inventa. Mientras, las ambulancias, los bomberos y la policía no pueden atender emergencias por falta de combustible; el personal sanitario no cuenta con equipo de bioseguridad; los hospitales ni agua tienen. Los productores agrarios piden apoyo para poder seguir trabajando, para no perder el ciclo de siembra; los empresarios solicitan medidas de incentivo y ayudas; los enfermos por distintas afecciones claman por sus medicinas; los venezolanos en el exterior esperan en las condiciones más vulnerables y duras vuelos humanitarios o caminan hasta nuestras fronteras.

La sensación de que la pandemia nos alcanzará de pronto por segunda vez flota en el aire. La gestión epidemiológica ha sido opaca, contradictoria, basada en la mentira. Se inventa un comportamiento del virus único en el mundo. No tenemos información clara, precisa, sobre el virus, los contagios, las muertes. (El Ministerio de Salud no emite informes epidemiológicos desde 2017). Se habla de cepas agresivas. De enfermos como armas biológicas enviados por países enemigos. Se responsabiliza a los contagiados por haberse enfermado, los aíslan en condiciones humillantes; se persigue y criminaliza a periodistas, activistas y médicos que intentan informar, decir la verdad.

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Con la larga cuarentena y la ilusión de pocos contagiados se ha generado la idea entre mucha gente de que el virus no existe, que es otra forma de control, otro cuento más. ¿Tú conoces a alguien que se haya enfermado? ¿Has sabido de algún muerto por el virus? ¿Por qué no he visto a nadie infectado? ¿Con tanto tiempo aislados todavía hay virus?

Y por ahí van, sin tapabocas, sin distancia social, sin preocupación por lavarse las manos.

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Mientras, un susurro comienza a llegar a nuestros oídos, datos sin pruebas: contagiados no reportados, no atendidos o atendidos en centros sanitarios privados, presuntos muertos por Covid-19 que en sus actas de defunción dicen otra cosa. Lo que está fuera de la estadística oficial, del boletín que no existe. La realidad.

El mayor temor no es al virus, es al poder, ese al que no le importa la gente.

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Soy parte de un pequeño grupo de la población venezolana que puede confinarse en casa. Llevo 80 días en cuarentena. Días de contrastes entre el adentro y el afuera. Sosiego, tranquilidad. Confusión, desamparo, angustia.

Tomo sol en el patio, veo el jardín, el cielo, la montaña y escribo en mi libreta. Hay otros ruidos que resuenan, que este silencio amplifica.

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