Reflexiones desde Júpiter

Periodismo y literatura

Por Gabriel Páramo

Mercurio

Elizabeth Jane Cochran, conocida como Nellie Bly, a despecho de las historias más citadas, fue la pionera del periodismo de investigación que se convierte en obras que se leen como novelas o cuentos, al que estamos acostumbrados. Sin embargo, ella es casi desconocida, poco más que una nota marginal. Tengo que aceptar que a pesar de mis lecturas e investigaciones, yo no sabía de ella hasta que en un curso en la Escuela de Periodismo Danny Nicolini me hizo ver mi error, y me platicó de esta reportera que ingresó en un psiquiátrico para denunciar los abusos que sufrían los pacientes y viajó alrededor de mundo en 72 días, ocho menos que los calculados por Julio Verne en los en ese entonces nueva novela La vuelta al mundo en 80 días.

Gracias al trabajo de periodistas como Nellie Bly, ahora estamos en la época del periodismo. Su lenguaje, su forma, sus métodos y técnicas de investigación, predominan en la actualidad en la labor de escritores de ficción y de no ficción, de ensayistas y poetas, de novelistas e historiadores. Nadie puede negarlo, las pruebas están por doquier. Considerado mucho tiempo como un oficio menor, un advenedizo o una verdadera plaga, el periodismo se ha desarrollado, tomando fuerza y, lo más importante, se ha profesionalizado, ha perdido el miedo y se ha ganado el favor del gran público.

Venus

Todavía hace unas cuantas décadas, escritores como Truman Capote, uno de los principales artífices del moderno periodismo-literatura, lamentaba en una entrevista concedida a New Yorker: “La decisión de escribir A sangre fría estaba basada en una teoría que he abrigado desde que empecé a escribir profesionalmente (…). Me parecía que el periodismo, el reportaje, podía ser obligado a producir una nueva forma de arte seria, la novela de no-ficción, como yo pensaba de ella. No obstante, en conjunto, el periodismo es el menos explorado de los medios literarios”.

Ahora que ha transcurrido la quinta parte siglo XXI somos testigos de la consolidación del papel protagónico del periodismo en todos los ámbitos del quehacer literario. Muchos escritores son —o han sido— periodistas. Y siguen escribiendo como tales. La imagen del reportero que lo era porque “no podía ser escritor” ha sido ampliamente superada. E. L. Doctorow, en su discurso de aceptación por el premio a la mejor novela de 1975, concedida por el National Books Critics Circle, de Estados Unidos, expresó: “Ya no existe la ficción o la no-ficción; solamente la narrativa”.

Quienes no son periodistas buscan escribir como tales. Quienes lo son, no lo ocultan. Ricardo Garibay, autor de 46 libros e incontables artículos aparecidos en periódicos y revistas, y un importante papel en el cine y la televisión como conductor y guionista, dijo: “Yo siempre traté de hacer con el periodismo literatura; yo perseguí siempre en los reportajes, en las crónicas, la existencia de personajes, de anécdotas (…) La anécdota, el personaje, son los componentes principales de la literatura, que es la creación de personajes, cuento de anécdotas, qué pasó y cómo, quién lo hizo; eso perseguí siempre.”

Tierra

Paco Ignacio Taibo II, escritor de amplia, variada y fructífera trayectoria, aseguró alguna vez que el periodismo es lo que da forma a su trabajo literario.

Tenemos que la supuesta diferencia entre periodismo y literatura, esa barrera mental casi infranqueable, ese apartheid intelectual que pretendió convertir al periodismo en género de segunda clase y a los periodistas en escritores frustrados, solamente existe en la imaginación —en el sentido más amplio de la palabra— de críticos y puristas, de guardianes de modos y formas superados no solamente por el desarrollo de la cultura y la sociedad, sino por la calidad, recursos y eficacia comunicativa de escritores y periodistas.

¿Cuándo se rompe esta barrera? ¿Cuándo alcanza el periodismo literatura esa independencia y reconocimientos? En el siglo XX, ya conocido como el siglo de la comunicación, en el que el auge del proceso informativo, de la fiebre por saber más, por tener datos, pone a una mayor parte del público frente a periódicos y revistas.

Marte

Esta democratización de la “sed de lectura” adquiere gran fuerza gracias al desarrollo del reportaje y del indudable debilitamiento de un periodismo tradicional que se limitaba a “contar hechos” en vano intento por ceñirse a una imparcialidad inalcanzable, a una objetividad irreal, inalcanzable por definición.

La gente de este nuevo siglo XXI ya no tiene que recurrir a la prensa escrita para estar informada, pero lo sigue haciendo para enterarse de los detalles, de la sustancia de lo que ocurre, y esto da pie para que la literatura hecha a la manera del periodismo adquiera fuerza y permanencia.

Cinturón de asteroides Alberto Paredes, experto en narrativa, asegura que “cuando el relato verbal esplende y obtiene su máxima riqueza expresiva, se llama literatura. Es un cuento, una novela, un diario”. Así, la mera definición moderna derriba las barreras. El periodismo es literatura. Por supuesto, no todo el periodismo alcanza dicho estatus, de la misma manera que no solamente por estar impreso y empastado cualquier libro es automáticamente arte.

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