La angustia del privilegio

Por Gerardo Galarza /// Ilustración /// Cath Zúñiga

Debo confesar que nunca en mi vida me había sentido tan deseado, así como que acosado. Sí, a mi edad.

Tener más de 60 años y padecer dos enfermedades crónicas de las que están en la lista negra, me hacen sentirme como una especie de manjar (gratis, además) para el virus SARS-CoV2, popularmente conocido como simple coronavirus, y que produce una enfermedad denominada COVID 19 (¡carajo!, ya ni las enfermedades tienen nombres decentes), que puede ser mortal en muchos casos… aunque muchos mexicanos no lo crean.

Desde que el famoso coronavirus comenzara su ataque, en diciembre del 2019, se supo que no existía ni vacuna ni medicamentos contra él; que la único defensa era (y es) tratar de contener su propagación, es decir que la gente sana evite contagiarse. El contagio de este virus es muy sencillo, como todos los contagios: a través los fluídos del sistema respiratario, del contacto físico con personas y materiales infectados por él. En otras palabras, hay que tomar las medidas de higiene más elementales.

No, el mundo o la mayoria del mundo no hizo caso. México incluido. Mientras los que saben recomendaban no abrazos ni besos, la sana distancia y el aislamiento social, nuestro señor presidente de la república (todas con minúsculas, por favor) recomendaba y hacía (hace) lo contrario y promovía la asistencia a restaurantes y fondas a comer; congruente consigo mismo encabezó (y encabeza) actos con multitudes. Él tiene el escudo de su fuerza moral, según explicó el presunto científico que informa todos los días del avance del coronavirus.

Pero, como en las películas, el destino nos alcanzó.

Y entonces vino la exigencia del mismo “científico” que días antes reconocía a la “fuerza moral” como la mejor medida contra el coronavirus. #Quédateentucasa fue hashtag (creo que así se dice y escribe) lanzado como SOS, siglas que datan de hace más de un siglo y que ya fueron utilizadas por el Titanic, y que siguen teniendo vigencia como señal de socorro pese a los avances tecnológicos.

El destino nos alcanzó y nos mandaron a quedarnos en casa. Lo pidió el mismo que antes no lo creía necesario. Bueno, ni modo. Al parecer, entendió.

No es fácil en un país como México, donde el 56-57 por ciento de la Población Económicamente Activa (unos 57.6 millones de personas al finalizar 2019, según cifras oficiales del Inegi) dependen de la economía informal; es decir, la mayoría de ellos vive al día sin ninguna prestación laboral. Y casi 98% de las empresas mexicanas son pequeñas y medianas, pero que son el sostén del país.

Piénsele: ¿cómo decirle a la señora o al señor del mercado ambulante o sobre ruedas, a los ropavejeros, a los recogedores (pepenadores, les llaman) de basura, a los empacadores de mercancías en los supermercados, a los viene-viene o a los de la tiendita, de la verdulería, de la frutería, de la pollería, de la tortillería, de la carnicería, de la tintorería tambien, de la taquería, de la cafetería, de la panadería, de la famarcia, de la pizzería, de la tortería, al mesero que vive de las propinas, al taxista, al empleado de los grandes almacenes comerciales, a los abogados, arquitectos, contadores y otros que ejercen su profesión libremente, a los campesinos, a los obreros, a los que se le ocurra, estén o no en la informalidad, que se queden en su casa, que no vayan a trabajar? A los dueños de pequeñas empresas en la que ellos mismos trabajan y dan empleo a uno o cinco trabajadores. En otras palabras, que no coman ni ellos ni sus familias. Este es el tamaño del problema.

Mi amigo-tocayo Gerardo Romo me convocó a contar como vivo la (mi) cuarentena por el coronavirus.

Le iba a decir que no, porque me dí cuenta de que soy un privilegiado. Y por ello fue que acepté.

Sí, soy pensionado del IMSS. Cada mes recibo mi pensión luego de más de 40 años de trabajo asalariado. Una pensión correspondiente a lo que trabajé, y pagué junto con mis patrones. En los hechos, como me lo dijo un amigo también pensionado: me levanto, me baño, desayuno y ya estoy desocupado… desde antes de la cuarentena, desde hace poco menos de dos años.

Sé que esto no ocurre con miles, millones de mexicanos pensionados, jubilados, trabajadores formales e informales, desempleados. Por eso, soy un privilegiado. Tampoco lo disfruto ni lo lamento. Es nuestra realidad.

Y puesto a pensar, me doy cuenta que mi cuarentena no ha sido dificultosa. Creo que estoy en cuarentena desde hace casi dos años, luego de más de 40 años de trabajar no de sol a sol, sino de sol a luna, de antes del mediodía a después de la medianoche, porque así era el horarios de los periodistas de antes.

Sonia, mi mujer, esencial con o sin cuarentena, y yo hemos hecho una rutina diaria que poco ha cambiado en los tiempos de coronavirus: nos levantamos, nos bañamos, desayunamos y ya estamos desocupados… Sí, no se enojen, somos privilegiados, ya lo reconocí.

Sí, hoy hemos cambiado rutinas. Salimos menos; a veces pasamos  días enteros dentro de casa, pero hay que salir a comprar víveres, a hacer trámites bancarios y burocráticos, a citas con los doctores, a análisis clínicos y compras a las farmacias (cosas de de la edad y de las enfermedades crónicas). La típica vida de los viejos.

Vivimos en un pequeño fraccionamiento, con poco movimiento humano, y esto nos permite regar nuestro pequeño jardín y nuestras macetas (hay un helecho que está creciendo poca madre y unos geranios cuyos colores siempre alegran) y hasta hacer ejercicio caminando o en bicicleta en un circuito de no más de unos 300 metros que nos permite una sana distancia con nuestros vecinos y, además de que vivimos en un pueblo sin, hasta ahora, casos de COVID 19 y cuyos casos sospechosos (tres en un mes) han sido descartados.

No todo es ideal. Nos duele mucho no poder tocar, abrazar, besar a los nietos. Los hemos visto y platicado a través del cristal; hemos hablado por facetime o videoconferencia o como se llame, ellos saben y nos conectan, o por Whatsapp o por una sana distancia de cuando menos dos metros.

Ellos, como nosotros, intentan ocupar el tiempo: tienen horario de “clases” familiares, ven películas y series, usan sus videojuegos. Nosotros hacemos lo equivalente.

Cuando me quedo desocupado, bueno, pues leo, leo y leo; también releo(Francois Rabelais, Peter Handke, Alice Munro, Olga Tokarczuk, Mario Vargas Llosa, en la semanas recientes tengo por delante muchísimos libros); oigo música (de toda, menos rap, ni reguetón, pero sobre todo Serrat, Sabina y José Alfredo); veo películas y series en Netflix y Claro Video (no tengo TV por cable o satelital), algún noticiario de TV abierta; reviso y pierdo el tiempo en redes sociales y a veces chateo con los amigos y chismeamos con los familiares… nos reímos y nos preocupamos.

También escribo, como ahora.

Reitero: soy un privelegiado. Sí, pero de inmediato pienso en mis hijas y sus familias y en mi familia ampliada. Mis hermanos, mis sobrinos, mis primos. ¿Ellos viven como yo esta contingencia? No. Y me lleno de angustia. Es probable que sobreviviamos al coronavirus, pero ¿sobreviviremos a la crisis económica, que ya está aquí, y a la social que se avecina?

Una de mis hijas hace “home office” y sé que lo hace bien. Digamos que está “protegida” frente a la pandemia. ¿Cuándo acabe ésta, habrá el trabajo “normal” en la empresa que la emplea? Su marido no ha dejado de trabajar; así se lo exije su empleo: ¿y si alguien lo contagia? Su mujer, mi hija, y sus hijos, mis nietos, estarán expuestos y él también. Mi otra hija y su marido son pequeños, pequeñísimos, empresarios que empìezan en la industria de la construción, y son muy capaces y profesionales, pero ¿sobrevivirán a la crisis económica, que no depende de ellos? Ellos salen todos los días a proponer y promover sus proyectos arquitectónicos, a buscar y ganarse la papa diaria; no tienen de otra.

Entonces, mi privilegio se convierte en angustia total. No por el hoy, sino por el futuro: el mío, el de mi familia, el de todos los mexicanos

Sí, hoy como que comienzo a entender eso del acoso en carne viva.

Mi madre me inculcó confiar en Dios. Hoy la reinvindico. Tampoco tengo de otra.

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